Agorafobia, escritura, y yo: sobre el temor y la risa en Canyon Ranch

Bruno Rios

Por Robin Black 
Traducción, Bruno Ríos

Pagaría muchísimo dinero por tener todavía esos emails que les escribí a mi familia y amigos en enero, 2003, desde Canyon Ranch. Tengo la sospecha de que son los mejores textos que he escrito en mi vida.

Un poco del telón de fondo: en enero, 2003 estaba a punto de cumplir 41 años, tenía ya tres hijos, y era la esposa de un hombre paciente y comprensivo. Además, estaba en el proceso de recuperación, o al menos así lo creía, de mi agorafobia. Por más de 18 años viví con el temor de salir de casa. Claro que lo hice en algunas ocasiones, para criar a mis hijos; durante los años que estudié derecho, en el tiempo que tuve entre matrimonios; cuando salía apenas con el antes mencionado esposo que, ya para 2003, llevaba conmigo unos 8 años de casados – y claro, mientras cursé un taller de escritura semanal en Filadelfia durante los dieciocho meses anteriores. Entonces, no estaba ni me sentía completamente encerrada, a menos que tome en cuenta el otro 75% de mi tiempo en que sí me quedaba en casa experimentando ataques de pánico que me paralizaban y que acompañaban las necesarias salidas.

Cuarenta y uno menos dieciocho son veintitrés. A los veintitrés me casé por primera vez. A los veinticinco, tuve mi primer hijo. Me mantuve siempre acompañada, buscando maneras de anclarme a la casa. Y ese viaje hasta Canyon Ranch en Lenox, Massachusetts, - que para nada podría considerarse un viaje de aventuras, ni mucho menos – fue el primer viaje que hacía sola desde 1976. Déjenme repetir esto último: fue el primer viaje que hacía sola desde 1976; y además, iba a ser la primera vez en mis cuarenta y un años que me quedaba en un cuarto de hotel. Sola.

Este viaje, entonces, no fue sólo un viaje, fue un acontecimiento. Y no lo era sólo para mí, sino también para mi esposo y mis hijos. Para mi madre y mis hermanos. Para los pocos amigos cercanos que entendían el significado de Robin-estando-sola, en el camino. Y era también ponerme a prueba, una prueba necesaria porque esto de la escritura se estaba poniendo serio. Pensaba en solicitar para un Máster en Escritura Creativa, enviar al fin todas las formas que seguían sepultadas en el escritorio por más de un año. Pero si tan sólo salir al súper se convertía en una llamada de emergencia a mi psiquiatra…

También era cierto que las cosas habían mejorado en el 2001, 2002. Trabajé duro para tolerar las salidas al mundo. Sin embargo todavía estaba en la cuerda floja. Realmente no quería empezar ese programa sólo para huir de mis miedos. De veras, no quería. Sabía que acercarme tanto a una meta sólo para sabotearla me iba a destruir emocionalmente. Ya la estaba pasando mal sólo con el hecho de que no podía perdonarme por los 18 disfuncionales años anteriores; no necesitaba otro fracaso en la lista. 

Dándome de golpes (más o menos) durante todo el camino, puse un cd de Counting Crows repitiéndose hasta el hartazgo y lloré casi continuamente – yo, convertida también en una repetición infinita de mí misma. El mareo; y poco después el indudable duelo del tiempo transcurrido, seguido de lágrimas de alegría. Estaba, supongo, orgullosa de mí – incluso al darme cuenta de lo absurdo que parecía llorar por tener la habilidad de ir a un spa de lujo por mi cuenta. Pero con cada minuto, cada milla, no estaba sólo manejando hacia la posibilidad de recibir un masaje de una hora; manejaba hacia la adultez. Un poco tarde, pero qué más da. 

Y bueno, sobre los emails. 

Los emails que escribí esa semana fueron – y no tienen otra opción más que creerme – increíblemente graciosos. Fueron también larguísimos, miles de palabras cada uno. Fueron, más bien, crónicas de mis “aventuras” en ese lugar. Mucho de lo cómico de lo que escribí tenía que ver con la descripción de mi nula habilidad para los deportes o cualquier cosa parecida a lo atlético: yo, la mujer al fondo de la clase de aerobics que se tropieza por olvidar cuál es la “izquierda”. Y luego estaba también el entrenador personal que, al momento en que me acosté al revés sobre una pelota gigante, con nauseas, preocupada por las altas probabilidades de que vomitara, comenzó a recitar sin razón alguna la declaración de amor de Romeo y Julieta – palabras que por un extraño momento me parecieron que iban dirigidas hacia mí (por supuesto que no). El maestro de Tai Chi que estuvo solo conmigo debajo de los árboles de cicuta llenos de nieve, ordenándome que pensara en mis “genitales”, sosteniendo al mismo tiempo una “bola de energía” entre las manos… y después, mientras trataba de no tumbarme de la risa, me aseguró que él también pensaba en los suyos… Y luego las mujeres, mucho más ricas, mucho mejor vestidas, y mucho mejor peinadas que yo (que en realidad significaba simplemente que estaban peinadas), que les gustaba hablar durante la cena sobre el grave “problema de gases” que existía en Canyon Ranch por toda la fibra que uno estaba obligado a comer… Como digo, tendrán que creerme. El tiempo difumina el humor, pero estos, sin duda, fueron momentos graciosos. Fluidos, interesantes, en el punto exacto… todos viéndome, la ingenua, boba heroína de su propia excéntrica comedia… 

Ahora, doce años después, la gente no me reconoce por mi sentido del humor. Soy más bien una cronista del dolor, una catalogadora de pérdidas. Soy “brutalmente honesta” sobre las “cruentas realidades de la vida”. Mato a mis personajes como si fueran hormigas. Cuando recibo opiniones de mis lectores son más que otra cosa recuentos sobre el lugar en el que comenzaron a llorar leyendo uno de mis textos. (El metro en primer lugar, y cafeterías en segundo). He escrito algún que otro texto cómico, ocasionalmente, pero no se trata de lo primero que piensa alguien que conoce mi trabajo cuando escucha mi nombre. 

De hecho, ahí en Canyon Ranch, en el pasado, cualquier guiño de hilaridad que había en mi vida diaria lo mandaba a casa o a mis amigos, ya que la escritura “real” que hacía de noche, con una predecible botella de Jameson’s al lado, era seria, anhelante, oh, y nerviosa, cargada de más hacia las oraciones subordinadas, imperativa, escrita para impresionar, y bueno, bastante mala. El mundo se había convertido en un lugar infeliz y yo era una mujer miserable. A pesar de toda la felicidad explosiva que se reflejaba en los emails, o toda la capacidad para reírme de mí misma, cuando trataba de escribir, todo era pura tragedia. Y era agotador. 

En la versión cinematográfica de ese episodio de mi vida, una autora famosa que también se hospedaba ahí – nos conocimos en el sauna, quiero creer – me pide mi trabajo, y cuando se lo muestro, esas páginas repletas de pesada escritura, me suelta directo que no tengo talento… hasta que ve los emails. “Por qué… ¡Estás haciendo todo mal! No eres una escritora seria, para nada. ¡Eres una maestra de la comedia!”. Y en ese momento, nace una celebridad… 

En la vida real, la calidad de mis empresas escriturales no tuvo nada que ver con lo que escribí durante los próximos años. 

Ahora que vuelvo la vista atrás, no solamente veo dos maneras distintas de escribir. Veo a dos distintas mujeres, dos yos – tan claramente como si hubiéramos sido dos personas en ese momento perfecto de enero. Las dos caras de Jano se empalmaron una sobre otra, en mis pensamientos, con las de la Comedia y la Tragedia. La autora irreprensible de graciosísimos emails, mirando hacia adelante y riéndose a carcajadas con cada palabra, bailando bajo una nueva luz al final del túnel – porque sabía que lo había logrado al fin, que había desterrado al monstruo de la enfermedad emocional que la mantuvo oculta toda la vida. Mientras que otra autora, frágil y aún en duelo, encarnaba los daños del miedo, de la pérdida, y luchaba, vacilante, para poner sobre la página por qué todo aquello importaba, por qué tenía que importar, todo lo que había aprendido, lo que podía compartir con los demás. 

Cuando se publicó mi primer libro, una de las cosas más valiosas que alguien escribió sobre él estaba en una reseña que le daba sólo una estrella. “No sé por qué la autora piensa que a alguien le gustaría leer algo tan deprimente”, opinó el reseñista. Sólo entonces me di cuenta de lo poco que me había importado lo que alguien más quisiera leer en mi escritura. Escribí lo que tenía que escribir. Los emails fueron divertidos y demás, pero esa otra mujer y yo todavía teníamos asuntos pendientes.

Tal vez pienso en ese viaje a Canyon Ranch ahora porque me encuentro entre dos proyectos de ficción distintos. No estoy escribiendo bajo contrato. Escribo, otra vez, sólo para mí. Y no estoy segura de quién soy, por lo menos no cuando se trata de mi trabajo. Tanto mi libro de cuentos como la novela fueron parte de un largo proceso para mí, una de mis yos, la cronista del dolor, catalogadora de pérdidas. Las fuerzas que me mantuvieron escondida en casa necesitaban un exorcismo – o algo parecido. Dudo en ponerle nombre a esa necesidad. El “por qué” de todas las palabras. 

Pero sé que el “por qué” ha cambiado. Porque yo he cambiado. No me malinterpreten: aún tengo mis duelos, como todo el mundo, pero ya no me definen. Y me molesta imaginarme de nuevo sentada ante el teclado queriendo escribir sobre mi amplia experiencia en el dolor emocional.  

No tengo idea de lo que viene después. No tengo idea de qué tipo de escritora soy. Sólo sé que no soy la misma. Y es incómodo volver a empezar. Pero eso es tal vez lo que los escritores hacemos, todo el tiempo, ante la página en blanco. 

En la versión cinematográfica de esta etapa de mi vida, voy a la cochera y desentierro el disco duro en donde se encuentran todos esos emails, esperando volver a ser leídos. Me siento entre las cajas y las bolsas de ropa devorando cada palabra – y me río a carcajadas, como supuse. Aunque tal vez, al mismo tiempo descubra también que realmente no son tan graciosos como yo creía. Quizá son, incluso, un poco conmovedores. La última línea de cada uno: “Hasta ahora me va bien, cruzo los dedos” o “Nada de qué preocuparse aún. Sigo con los pies en la tierra”. 

¿Cómo pude no haberles dicho siquiera un guiño sobre mi situación? 

Pero entonces… aun así, hay algo más. Un rayo de luz. Un vislumbro de aquella mujer que también fui esa semana. La mujer irreprensible que veía gestos de humor en todos lados, que se invistió en el papel de ridícula heroína. La que creyó en que llegaría el día en que la tristeza no la definiera. 

“Queridos todos”, empezó la carta a su preocupada familia que la esperaba en casa, “traten de imaginarse esto…”.

Este articulo fue orignialmente publicado durante la tenencia de Robin Black como Gulf Coast Blogger Residente. Haz click aquí para leer el artículo original en Inglés


 

 

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